Historias Pequeñas: el chiquitaje de un cine venezolano
Por Sergio Monsalve
Hay películas canallas que se ponen por encima de sus personajes y los condenan, los caricaturizan, los exponen como un grupo uniforme de seres inmorales, infelices, mediocres, animalizados, al límite del salvajismo, de la brutalidad.
No hay un ápice de cine en todo esto y lo peor es que cuenta con una gran aprobación de críticos igual de mezquinos y soberbios, que se creen por encima de la masa que provocó el supuesto colapso de la humanidad, del país.
Pero estos creadores, en verdad, desprecian y se desprecian así mismos.
Desde ahí, nos someten al castigo de ver sus cintas cuadradas y rígidas, que no aceptan mayor disensión dentro de su programa, que no permiten que hayan contrastes.
Así es una parte de un cine venezolano autoritario y reaccionario, del que vale la pena pasar y darlo por superado.
El cine de imitadores de Haneke en formato de telenovela y microteatro, bajo el amparo del CNAC.
Una suerte como de mascarada pedante, que es rabiosamente chavista y resentida, aunque se pretenda otra cosa. Un gato por liebre, en realidad.
El trabajo de un vendedor de humo, con cualquier cantidad de conflictos de interés. Empezando por el conflicto de interés que significa ganar un premio en un Festival donde un miembro del jurado pertenece a su red de apoyo, a su medio de producción. Solo en Venezuela.
Darle luz es quitarle el foco a lo que de verdad importa y abriga esperanza para la redención audiovisual que necesitamos.
Hablo de "Historias pequeñas", una película que filma una radiografía del 12 de abril con una torpeza y con una saña, que es casi incompatible con la carrera anterior de su realizador en el campo documental.
La cinta muestra cinco viñetas del contexto, desde un mismo campo de visión, encajonando y encasillando a sus personajes.
Asistimos a un plot de historias cruzadas y divididas, a modo de cortos separados, de juntos pero no revueltos, alrededor del conflicto.
Se cuentan puros lugares comunes de parejas y familias apagadas, deprimidas, envilecidas. Lo que no queremos ver y tal. Sin embargo, ya conocemos bien de semejante proyección del drama filmado con escaso vuelo e ideas peregrinas de montaje. Al nivel de un video arte cursi, enfermo de importancia.
El colmo del ridículo llegará cuando el director aparezca en cámara, aplaudiendo la "Carmonada" en Miraflores, para imitar a los que gritaban "Pedro, Pedro". En su caso, lo que vemos no es cine, sino una caricatura que complace a la propaganda de Mario Silva y que encuadra con los esquemas de La Villa del Cine.
En una secuencia tenemos que creer que dos intérpretes guapos, de casting, retratan la degradación de los recogelatas y piedreros de la calle. Parecen Perolito y Escarlata, sin ninguna gracia, estancados en un plano de una Radio Rochela carente de humor.
Lo demás no resiste el análisis de un estudiante del mismo cineasta y profesor.
Cada relato es tan forzado e impostado, como monocorde y redundante en su estilo.
Abundan las actuaciones acartonadas y momificadas, los estallidos gratuitos de violencia, las exhibiciones miserabilistas y pornográficas que trafican una misoginia ingrata y pasada de moda.
Lo mejor será que se estrene y que el público la juzgue.
Ayer la padecí en una sala que la recibió con una frialdad evidente.
Es que estamos cansados que nos digan que somos sucios, brutos y locos, que nos merecemos esto, que somos responsables de la catástrofe, que todos fuimos culpables.
¿En realidad es así? ¿O será una manera de no apuntar a los auténticos responsables, echándonos la culpa a todos? Qué fácil es señalar al ciudadano, dejando a los poderosos en un conveniente segundo plano.
Somos más que "Historias pequeñas". Una de las peores películas del año.
Tenía que decirse y se dijo.



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